¿De qué va todo esto?

Sencillo. Me gusta leer, pero me encanta escribir. Pienso que es una forma de relajarse y expresarse donde nadie nos puede callar.

Son mis crónicas, reseñas, escritos, pensamientos de los libros que he leído. Intentaré subir uno cada semana.

Estoy en proceso de escribir, así que los comentarios son totalmente apreciados. Me considero un "escritor estúpidamente apasionado".

El punto de todo esto es sientas lo que yo sentí al leerlo e imagines los pasajes como yo lo he hecho. ¡Que leas el libro!

viernes, 18 de agosto de 2017

Fragmento 207: M.A.C.M.E.O

Medianoche

La veo. Dentro de un vestido rojo ¿o un vestido rojo dentro de ella? Un escote implacable. Unos grandes labios rojos pálido. Vestida para matar. Viene hacia mí. Estoy drogado. Se acerca más. Estoy ebrio. La tengo enfrente. Ella me saluda, se coloca fieramente frente de mí, tan cerca que puedo oler su embriagante aroma, una mezcla de almizcle, sudor y pasión; traducción: feromonas mortales. Pone sus nalgas casi desnudas frente a mi cintura, caigo, voy cayendo. Dice la típica línea de bar: “Me invitas un trago, guapo”. No suena a pregunta, suena a invitación. Mi mente dice que no. Mis manos difieren y están yendo hacia la cartera, la imprudencia domina sobre la razón. Mis manos sacan un billete, lo pasan por su cara y lo lanzan justo a la barra. Digo: “Dos de lo que pida la señorita”. El barman nos da los tragos, una copa verde burbujeante. Hasta el fondo, digo yo. Ella guiña un ojo y se me queda mirando profundamente. Cierta malicia en su mirada, cierto deseo en la mía. Creo, y tan solo creo que ambos sabemos a que jugamos está noche. El líquido pasa por mi garganta y la droga que llevo dentro me hace sentir más todo, el trago, el deseo, el sudor; cosquilleo en la punta de los dedos. Un mar de sensaciones, y las luces nocturnas no hacen más que potencializar mi deseo. El deseo de una mujer fatal como la que me he topado. Un guiño… me acerco a ella. Cierro los ojos. Sé que he perdido, he perdido mi voluntad. A quién engaño estaba deseoso de hacerlo.

Amanecer

Despierto en la tina, tiemblo un poco, todo está lleno de hielos. Mi cabeza gira, mis brazos escuecen, y tengo un dolor profundo del lado derecho. Observo el agua con hielos, tiene tintes rojizos, diluida, como el vestido de la noche anterior. Una nota de lado derecho con una horrible caligrafía llama a alguien, tienes cincuenta minutos antes de morir desangrándote. Mi boca sabe amarga, terriblemente amarga. El vértigo, la paranoia, todas las malas decisiones de la noche anterior. Caigo en cuenta, he sido presa de un robo… un robo de algo vital. Un órgano. Comienzo a hiperventilar, el mareo de nuevo, terrible y directo. Recuerdo esas historias estúpidas en la ciudad que sonaban hace años, no salgan a los antros porque les ponen éter en los hielos, y luego les roban sus órganos, o agujas con sida y asesinos seriales que te ligaban solo para asesinarte. Mi madre me lo advirtió. Jamás pensé que fuera a ser presa de esto… intento mantener la calma, lo poco que queda, tomo el teléfono y le llamo a mi mejor amiga, ella debe ser la primera en enterarse. Hola, Julia, habla Ana, estoy en un motel de paso, y necesito que vengas por mi… lloro, tiemblo, grito, y le digo: ese hijo de puta me lastimo, me cortó, me robó un riñón. Julia grita y me pide la dirección, dice que ya viene y que todo estará bien. Yo sé que nada estará bien. Nunca será igual.

Crepúsculo

Nos besamos, las luces siguen adornando el panorama, sus labios son más rojos que antes, permeado por la sangre que los humecta, sangre proveniente de mis pequeñas mordidas. Paso mi lengua por sus labios, son grandes, demasiado carnosos, lo que me provoca morderla más, lastimarla. Sí yo estaba borracho ella está ahogada en alcohol, después de la primera ronda vinieron tres más. Mi hígado estaba demasiado destruido como para importarle un trago o cien más, no habría diferencia. El ánimo está a tope, todo caldea. Mi deseo está en su esplendor, he memorizado todo el vestido satinado, mis manos lo conocen todo, sus piernas, las intersecciones, y una carne espesa, con demasiada crema corporal. Mis manos tienen “brillitos” que han resultado de los tocamientos por todas sus zonas erógenas. Ella está caliente, yo lo noto, yo lo sé, ella lo sabe, su lengua lo sabe. Siento su pulso, su ritmo cardiaco, las pulsaciones de su entrepierna. Una chica más, una chica suicida que no sabe en lo que se ha metido, ni con quién se ha metido. Hoy soy un sueño hecho realidad, mañana seré tu peor pesadilla. Poso mis manos en su cuello y fantaseo con ahorcarla, con ahorrar el sufrimiento y hacer el proceso de extracción con un cadáver, no, el juego no va así, recorro mis manos hasta su boca, y ella chupa mis dedos, tenemos que salir de la noche, e ir a la madrugada. Tenemos que hacerlo esta noche. Hacerlo todo.

Mediodía

Julia ha dicho que llega en veinte minutos, yo me revuelvo en el hielo, sigo temblando, pero no por el hielo, sino por la ansiedad, el miedo, la incapacidad. Ese hijo de puta, lo recuerdo, bigote ralo y patillas en conjunto, rubio. Me pareció sensual, desaliñado, su palabrería me atrapó, tan desinteresado, tan seguro de lo que haríamos. Su mirada tan penetrante, sus ganas de comerme con los ojos, y cada movimiento de sus manos, parecía que sabía exactamente en que momento y lugar ponerlas. Él tenía experiencia. Bebimos lo mismo, solo que a él no parecía afectarle el alcohol, y a mí sí, demasiado. Tal vez fue por la tacha que tomé antes. Ya no quiero recordar, no quiero saber cómo fallé tan drásticamente en este punto de mi vida. ¿Qué le diré a mis padres? ¿Qué le diré a mis hijos cuando los tenga y pregunten por una horrida cicatriz en mi costado? ¿Qué su madre se divertía de noche y se topó con el infeliz equivocado? Comienzo por llorar de nuevo, ¿por qué yo? ¿Habrá sido el vestido rojo? Lo maldigo, lo maldigo, lo maldigo. Lloro hasta que Julia llega con los paramédicos. Cuando la veo entrar, me siento desolada. No sé que sigue para mí en esto llamado vida.

Crepúsculo

Ella parecía todo lo contrario a primera instancia, según mi yo drogado ella era fina de la cara, y tersa, le realidad es que tiene la cara granulosa y rasgos toscos. Una nariz demasiado ancha, no pequeña como yo quería. Sus labios son la única cosa salvable, pero los he dejado demasiado lastimados para seguir jugando esta noche. Su color de piel no era tan pálido como yo pensaba, es un moreno claro, cosa que me produce repulsión. Malditas luces de noche me engañaron. Cuando se desvestía sabía que era una cualquiera más, todas las mujeres pueden desvestirse de una forma sensual, pero pocas pueden vestirse de una forma sensual. Al verla desnuda lo confirmé, era ella, era un blanco perfecto, carne demasiado tocada por otras personas, con pequeñas imperfecciones, que al ojo humano hubieran parecido corrientes, a mi causaban enojo, ella no era perfecta, pero pudo haberlo sido, y eso era lo que me enojaba, su falta de interés en su persona. Mientras se desvestía y se tocaba enfrente de mí, suplicándome que la llenase, yo me imaginaba sometiéndola, golpeándola, amarrándola, apretando demasiado fuerte, o tal vez demasiado suave. Pronto todo se materializo, y la golpee. Solo un golpe suave y directo a su frente, ella quedó inconsciente. No tuve sexo con ella, eso hubiera sido relacionarse demasiado, y ella era un objeto. Le pinché el brazo con anestesia local, y preparé las herramientas, no me tomé la molestia de desinfectarlas, con todo el alcohol que tenía en su ser, seguro ayudaría. Suelto una gran carcajada y procedo a cortarla. El bisturí entra en lo más profundo de su costado, y la sangre sale como respuesta automática. Plop, no siento nada. Meto la mano, hago los cortes indicados, y tomo el riñón lo empaqueto en hielo seco y lo pongo en una hielera. Sigo dudando en si debería dejarla morir o salvarla, una más una menos. Un objeto de intercambio más, uno menos.

Epilogo - Ocaso


Juran sale de su deportivo negro, va calzado con una chamarra de piel negra como la noche, botas militares y gafas de aviador. Su cara no muestra sensaciones. Lleva en la mano derecha una hielera de tamaño mediano. Se acerca a la camioneta Escalade negra con vidrios polarizados, y entrega la hielera, una mano enguantada le da un portafolio. Intercambian un par de palabras, y Juran asiente. El proceso de compraventa ha acabado por esta noche. La noche permanece tranquila y fresca, todo es tan diferente como hace unos días. El pasaporte está dentro de la chamarra, y la maleta dentro de la cajuela del deportivo. El boleto de avión a Costa Rica está en la guantera. Todo está sincronizado y a tiempo, no todo funciona aleatorio en la mente de Juran. Es tiempo de tomar unas vacaciones, unas vacaciones bien merecidas. Juran pasará una temporada en la paradisiaca isla, hasta que el caso de Ana sea archivado en los recovecos de los judiciales, y se transforme en un número más. Pero Ana no será un número más para Juran, siempre será un número, pero con seis ceros. Juran siempre recordará el suave tacto de sus riñones.

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