¿De qué va todo esto?

Sencillo. Me gusta leer, pero me encanta escribir. Pienso que es una forma de relajarse y expresarse donde nadie nos puede callar.

Son mis crónicas, reseñas, escritos, pensamientos de los libros que he leído. Intentaré subir uno cada semana.

Estoy en proceso de escribir, así que los comentarios son totalmente apreciados. Me considero un "escritor estúpidamente apasionado".

El punto de todo esto es sientas lo que yo sentí al leerlo e imagines los pasajes como yo lo he hecho. ¡Que leas el libro!

viernes, 18 de noviembre de 2016

Cuento: La chica del maizal, entrega 1/3




I.

Ella estaba desorientada. Tenía un golpe en la cabeza –aunque no muy profundo–. Un poco de sangre coagulada. No acababa de comprender dónde estaba. Abrió los ojos muy despacio y miro a su alrededor, todo tenía el mismo aspecto, la misma textura, todo era más de lo mismo: maíz; largos y verdes tallos.

Comenzó a recordar,  se encontraba atada a un espantapájaros, una horrible broma universitaria. Ella era la chica nueva en la ciudad y así era como recibían a los foráneos. Malditos hijos de perra, habían ido demasiado lejos. Tenía que moverse y seguir el sendero, salir del maizal cuanto antes. Le aterraba la idea de estar sola de noche en un campo de maíz, le aterraba el puto hecho de no saber porque eran tan crueles con ella. ¿Envidia? ¿Celos? ¿Odio?

Recordó esa mañana: clase a las once a eme, algebra lineal. Al parecer a los chicos de la clase no les agradaba el hecho que ella fuera más inteligente que ellos; ella no se consideraba más inteligente que nadie, solo se consideraba con una retentiva mayor al promedio y eso le permitía prescindir de cosas inútiles como el estudio y las tareas. Ella podía recordar una clase entera sin siquiera esforzarse. Sin duda ellos envidiaban eso… y  además estaba el hecho de que fuera tan linda, demasiado, en realidad.

Su cara era fina, ovalada y delicada; como sus rasgos. Su maquillaje era simple, un poco de labial rojo oscuro y una fina capa de rubor en las mejillas. Un poco más alta que el promedio, y delgada. Todo en su lugar. Su tez era blanca, y su mayor atractivo era su cabello color dorado, largos rizos. Nunca le daba importancia a su aspecto físico, prefería el aspecto intelectual. Aunque ella se hubiera definido a sí misma como desaliñada, no podía ocultar su belleza natural.

Tocó su cabeza, y sintió un vacío gigantesco en el estómago, una pulsación de terror. Esos hijos de perra le habían cortado la mitad de su cabello, ahora tenía el aspecto de esas skinheads a medio rapar. Estaba horrorizada. Estuvo a punto de llorar, pero no quería darles la satisfacción. Ella comprendía que nunca debía de darle la satisfacción de dejarse doblegar por alguien, y menos por una panda de pseudo estudiantes. No quiso seguir explorando su cuerpo por miedo a encontrar más mutilaciones a su ser. Lo haría al llegar a su casa con luz artificial, no con la luz de la luna.

Le llegó a la mente el primer contacto con los chicos de la clase de algebra. Una panda de cuatro, los más famosos y populares, los que más dinero e influencias tenían. Por infortunio tuvo que hacer equipo con ellos, y ellos no hicieron más que soslayarla y negarse a entablar dialogo alguno con ella. Ella no lo entendía. ¿Acaso había hecho algo? ¿Tener pocos recursos y ser becada estaba tan mal? Ella tuvo que terminar el todo el trabajo sola, e incluso así acabo antes que ellos. Eso los exacerbo. ¿Eso habría sido lo que desencadeno la aberrante broma?

El sendero estaba marcado, pero era complicado seguirlo, la falta de luz lo complicaba todo. Intento seguir recordando, intento recordar en que momento había confiado de más, y que momento había caído en su trampa. No había hecho nada inusual, su rutina seguía intacta, excepto por ese libro misterioso que apareció en su mochila –ellos sabían que adoraba leer–… recordó haberlo ojeado, recordó tocar sus dedos con su lengua y pasar las paginas, recordó lo estúpida que era su costumbre. Ahora ni siquiera recordaba acerca de que era el libro.

Caminó. Puso su mente en blanco. Regularmente lo hacía cuando corría. Llevaba meses sin correr, una estúpida lesión la había alejado de las pistas, y se sentía estresada por ello. Al caminar, escuchó un ruido a lo lejos, intentó seguirlo, pero despacio… muy despacio. No quería encontrarse con ellos… o tal vez sí.
Vio a sus compañeros de clase en una camioneta de carga, negra como la noche, vidrios polarizados y bocinas a máximo volumen. Estúpidos salvajes, debieron haber pensado en que ella podría haber seguido el ruido. Estaban bebiendo y festejando, al parecer necesitaban coronar la desgracia de alguien más con alcohol y sexo desenfrenado. A ella le hirvió la sangre, pero siempre fue paciente, en especial para urdir planes fuera de serie.

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